A la mañana siguiente acudí a la misa en la pequeña iglesia de Nikki. No era un día cualquiera: se trataba de la fiesta parroquial y el obispo en persona había venido a dar la misa. Los sacerdotes españoles me habían avisado del caracter del obispo, más papista que el papa, y así quedó claro en una larguísima homilía en la que tocó todos los palos y no perdió la ocasión para recriminar a sus feligreses todas las debilidades posibles e imposibles. El obispo era un hombre enérgico que sabía conectar con su audiencia. Pese a él, los verdaderos protagonistas fueron los fieles, vestidos de fiesta, cuyo comedimiento apenas se mantenía cuando el coro entonaba las canciones que hacían vibrar el recinto.
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Afortunadamente, la jornada no dependía del obispo y, después de la misa, en lugar de discursos hubo una fiesta con juegos, comida y bebida para todos. Saqué la cámara en busca de alguna imagen que me sacudiera del calor del mediodía y comencé a vagabundear por la misión. Tuve suerte y saqué algunas fotos que merecieron la pena, gracias a algunas apariciones inesperadas como una mujer hermosamente dormida y una chica con sombrero.
Los sacerdotes de Nikki estaban acompañados por otros compañeros de la Sociedad de Misiones Africanas de regiones cercanas. Casi todos tenían algo en común: la pasión por África y una sensibilidad especial hacia sus gentes. No eran utópicos ni ingenuos, tampoco eran perfectos. Antes de emprender mi camino hacia Bouka, celebraron una subasta con los bienes ofrecidos por los feligreses con el fin de recaudar fondos para la parroquia. Uno tras otro, todos los productos fueron adquiridos por los misioneros, a unos precios inalcanzables que producían las sonrisas y el asombro de algunos nativos. Se trataba de una farsa con el fin de entretener a los feligreses y de escenificar la colaboración entre las misiones. En el fondo de aquella anécdota subyacía una concepción del africano que le mantenía en una eterna minoría de edad. Pero igualmente estoy seguro de que aquellos sacerdotes blancos llevaban muchos años entregando lo mejor de sus vidas en un rincón polvoriento de este planeta que no concede medallas a los que participan de su pobreza.










