antonioperezrio

Bailando en las profundidades de la noche

In Durante el viaje on 8 Febrero 2009 at 11:29 am

Marc tenía razón:  no había turistas en aquella ceremonia vudú que iba a comenzar al anochecer en un barrio a las afueras de Abomey. El día anterior habíamos llegado tarde, justo cuando los adeptos de los fetiches regresaban a la casa comunal después de varias horas de danza. Nada más verme bajar de la moto, uno de los músicos se había puesto a saltar como un mono excitado ante la perspectiva de llenar sus bolsillos con dinero de un yovo. Mañana a las cinco, me dijeron. El precio, 15000 francos CFA. Miré a mi alrededor: la ausencia de turistas me tranquilizó y decidí cambiar de planes. Le pedí a Marc que me buscase un hotel más barato para ahorrar algo de dinero y pospuse mi viaje a Nikki para dos días después.

Le invité a cenar en un maquis de la ciudad y comí un plato de macarrones mientras contemplaba en la televisión las fotos de los difuntos. En Benin, la  muerte está tan presente que todos los días hay varias secciones de esquelas en la televisión, incluyendo la foto, el nombre y la fecha de nacimiento y muerte de los fallecidos. Leí los nombres como una letanía y apuré mi cerveza Beninoise. Algunas esquelas conmemoraban el aniversario de personas desaparecidas varios decenios atrás. Aunque quizás desaparecidas no es una palabra adecuada para hablar de los muertos en un país como Benin, en el que los muertos dejan una presencia palpable y su poder se invoca en numerosas ocasiones. Si en Europa la muerte no forma parte de la vida, en muchos lugares de África la muerte se masca y escupe constantemente.

[...]

Al día siguiente  llegamos a la explanada a las seis de la tarde. Era pronto y aún no había nadie, solo unos pocos niños y una mujer vendiendo naranjas. Nos sentamos con ella en su banco y pasamos el tiempo absorbiendo el zumo de aquellas naranjas de piel verde. Las naranjas estaban peladas en su totalidad excepto en los extremos, que había que destapar para sorber el zumo mientras se apretaba la pulpa con la mano. Le pregunté a Marc por qué la vendedora no pelaba esa minúscula parte de piel que había que quitar con la mano. Por higiene, me dijo. Por temor a que el cuchillo tuviera sangre y pudiese contagiar el SIDA. Intenté explicarle que no creía que ese modo de contagio fuera posible. Me miró escépticamente y decidí limitarme a sorber las naranjas, una tras otra, hasta perder la cuenta.

Una hora más tarde ya se había juntado una muchedumbre formando un gran círculo enfrente de la casa comunal. Marc se acercó al músico con el que había hablado ayer y entró en la casa por una puerta lateral. Volvió a los diez minutos con gesto serio. El precio había cambiado: ahora pedían 25000 CFA. Durante cinco minutos le mostré mi contrariedad mientras internamente sabía que la suerte estaba echada. Había permanecido un día más en Abomey para fotografiar aquella fiesta y quince euros más no me iban a echar para atrás, aunque estuviera pagando por unas horas más que lo que muchos benineses ganaban en un mes. Lo sabía yo y lo sabían ellos. Disgustado, seguí a Marc hasta la puerta y espere allí. Poco después salió el jefe del clan, un hombre gordo y alto que rezumaba importancia, le di el dinero y me indicó que le siguiera.  La ceremonia acababa de empezar y al lado de los tambores se encontraba un cámara de video contratado por el clan y un asistente de iluminación. Me dijeron que podía estar junto al cámara sin penetrar mucho en el círculo donde bailaban los adeptos al vudú. Mi guía quería ser prudente: durante la ceremonia no tendría problemas, pues habíamos negociado con el big boss.  Pero mi cámara iba a llamar mucho la atención durante el baile y podíamos sufrir algún intento de robo después de la fiesta, por lo que Marc me avisaría antes de acabar la ceremonia para salir de allí de la manera más discreta posible.

Detrás mío, un hombre con las cuencas de los ojos vacías encabezaba el elenco de los músicos con sus voces y tambores; a mi izquierda, tres sillas en las que se sentaban autoridades del clan, en el centro del círculo, un puñado de hombres y mujeres ataviados con un colorido festival de estampados y abalorios, a mi derecha, mujeres enfervorecidas entonando con pasión canciones que relataban la grandeza de los venerados fetiches, por todas partes, el público entregado a una celebración que se repite todos los años y que se abría a mis ojos por vez primera.

Sería días más tarde, al volver a Madrid, cuando descubrí en mis fotografías los estampados imposibles con el símbolo del dólar o el euro, los destellos en los nombres de los antiguos reyes de Dahomey y de las divinidades vudú en sus vestidos, los collares de cuentas que parecían recién salidos de un juego infantil y las dagas que colgaban de sus cinturas. Durante el tiempo que  duraron los bailes, no pude percibir todos los detalles de lo que estaba pasando. Recuerdo el polvo que levantaban los adeptos y a varios hombres que me pidieron explicaciones por estar allí, a una de la autoridades llamándome la atención por moverme a sus pies y a varias mujeres pidiéndome dinero. Recuerdo a las autoridades repartiendo vasos de licor entre los invitados y al gran jefe sirviéndome un vaso de whisky que no pude rechazar. Parecieron unos minutos y fueron más de dos horas en las que no dejé de estar enfocado en aquellas manchas de luz que venían de lo más negro de la noche y ante las que no podía dejar de disparar.